jueves, 2 de junio de 2011

Estrés.

Las situaciones la superaban. Demasiados exámenes, demasiados trabajos, demasiado poco tiempo.  Le quedaban 8 escasos días para acabar las clases, y estaban ahogados de controles y pruebas. A Helena ahora se le hacía totalmente impensable disponer de tiempo libre. No podía ni soñar con él, puesto que se dormía pensando en las complicadas fórmulas matemáticas y se levantaba temprano para repasar. Con frecuencia sentía unas ganas inexplicables de echarse a llorar, y las lágrimas de frustración resbalaban sobre sus mejillas sin que pudiera hacer nada. Otras veces tenía ganas de romperlo todo, de gritar, de desahogarse.  Se sentía sobre mucha presión, y no solo de sus padres: ella. Ella quería hacerlo todo perfecto, sacar unas notas de las que enorgullecerse. Pero sencillamente no podía. Ah, el estrés. El peor pero el más fiel acompañante del estudiante en estas épocas.



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